muy poco con los niños y con las madres. Estos modernos
tabúes podrían clasificarse en tres grandes grupos:
— Relacionados con el llanto: está prohibido hacer caso de
los niños que lloran, tomarlos en brazos, darles lo que piden.
— Relacionados con el sueño: está prohibido dormir a los
niños en brazos o dándoles pecho, cantarles o mecerles para
que duerman, dormir con ellos.
— Relacionados con la lactancia materna: está prohibido dar
el pecho en cualquier momento o en cualquier lugar; o a un
niño «demasiado» grande.
Casi todos ellos tienen una cosa en común: prohiben el contacto
físico entre madre e hijo. Por el contrario, gozan de gran predicamento
todas aquellas actividades que tiendan a disminuir dicho
contacto físico y a aumentar la distancia entre madre e hijo:
— Dejarlo solo en su propia habitación.
— Llevarlo en un cochecito o en uno de esos incomodísimos
capazos de plástico.
—Llevarlo a la guardería lo antes posible, o dejarlo con la
abuela o mejor con la canguro (¡las abuelas los «malcrían»!).
—Enviarlo de colonias y campamentos lo antes posible
durante el mayor tiempo posible.
—Tener «espacios de intimidad» para los padres, salir sin
niños, hacer «vida de pareja».
Aunque algunos intentan justificar estas recomendaciones
diciendo que es «para que la madre descanse», lo cierto es
que nunca te prohiben nada cansado. Nadie te dice: «No friegues
tanto, que se malacostumbra a tener la casa limpia», o «Irá
a la mili y tendrás que ir tú detrás para lavarle la ropa». En
realidad, lo prohibido suele ser la parte más agradable de la
maternidad: dormirle en tus brazos, cantarle, disfrutar con él.
Tal vez por eso, criar a los hijos se hace tan cuesta arriba
para algunas madres. Hay menos trabajo que antes (agua
corriente, lavadora automática, pañales desechables… ), pero
también hay menos compensaciones. En una situación normal,
cuando la madre disfruta de la libertad de cuidar a su
hijo como cree conveniente, el bebé llora poco, y cuando lo
hace su madre siente pena y compasión («Pobrecito, qué le
pasará»). Pero cuando te han prohibido cogerlo en brazos, dormir
con él, darle el pecho o consolarlo, el niño llora más, y la
madre vive ese llanto con impotencia, y a la larga con rabia
y hostilidad («¡Y ahora qué tripa se le ha roto!»).
Todos estos tabúes y prejuicios hacen llorar a los niños, pero
tampoco hacen felices a los padres. ¿A quién satisfacen, entonces?
¿Tal vez a algunos pediatras, psicólogos, educadores y vecinos
que los propugnan? Ellos no tienen derecho a darle órdenes,
a decirle cómo ha de vivir su vida y tratar a su hijo.
Demasiadas familias han sacrificado su propia felicidad y
la de sus hijos en el altar de unos prejuicios sin fundamento."
Carlos González. Bésame Mucho




